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domingo, 13 de junio de 2021

POBLATS DEL OEST: de cavernícolas agrícolas a guerrilleros industriales. (Distritos de Valencia#18)


Vista nocturna de Beniferri, con el gran hotel Meliá Valencia.


Poblats de l´Oest - Poblados del Oeste en castellano -  Es el nombre que tiene el 19º distrito de la ciudad de Valencia. Se encuentra delimitado al norte con Burjassot, al este con Benicalap y al sur con Campanar y al oeste con Paterna. Formado por dos barrios, que al mismo tiempo son pedanías de Valencia: Benimàmet y Beniferri.

Los Poblados del Oeste depende actualmente del Ayuntamiento de Valencia, como distrito de la ciudad, pero hace muchos años atrás que eran poblaciones independientes. Cuentan con un alcalde de barrio en un ayuntamiento pedáneo en Benimàmet. 

Los primeros núcleos urbanos de estos lugares surgieron durante la dominación musulmana de Valencia, como claramente indica la raíz Beni - Hijos de - en dialecto árabe. Posteriormente con la reconquista cristiana fueron habitados por cristianos viejos los cuales, hasta el siglo XIX vivieron de la viña, las calabazas, alcachofas, naranjos y de la industria de los metales en forja que se encontraban en el camino principal de Beniferri, además del molino de Benimàmet. 

A mediados del siglo XX vinieron de la industria, siendo muchas las personas que vinieron de diferentes pueblos de Aragón para vivir en estas dos poblaciones y acceder a puesto de trabajo, haciendo aumentar la población inmigrante, la mayoría aragoneses. 

Actualmente en este distrito se puede encontrar el Palacio de Congresos, el Hospital de Arnau de Vilanova y el edifico más alto de la ciudad de Valencia: el hotel Meliá de Valencia. A parte del velódromo y la Feria de Muestras. 

EN ESTE DISTRITO ENCONTRARÁS 

Benimàmet

- Benimàmet, su historia. (Parte 2) 23/12/20

- La Cruz de término de Benimámet (14/4/20)

-  Árboles extraordinarios de Benimàmet 

- La Acequia Real de Moncada.



Beniferri

- Beniferri, su historia.

- El molino de Bonany 

- Hospital Arnau de Vilanova.





martes, 14 de abril de 2020

Cruz del Camino Viejo de Liria. (Cruces de término#8)


Año de Nuestro Señor 2020, séptimo día de abril

Al mirar mi mapa de rutas he visto que el camino para la Cruz de Beniferri es bastante sencillo: solamente tengo que seguir caminando por la misma calle, dejando a mis espaldas la cruz anterior.

Mi estómago ruge con fuerza, mejor hacer un parón para alimentarnos bien. Miro a mi alrededor y a pocos metros del grandioso edificio veo que hay una taberna. Es bastante lujosa así que decido pasar de largo, para mirar otra que bien pueda alcanzar el pago de mis viandas y que, además, me permitan acceder a ella. Doblo la esquina por donde tengo marcado en la ruta del mapa, y hallo un lugar que me es satisfactorio.

Saludo al dueño del local y pido que me ponga algo caliente para desayunar acompañado por un dulce en forma redonda y gruesa como una rueda de color del oro.

Busco una puerta al fondo del establecimiento y la empujo con el pie. Percibo un ligero olor a menta y pino, la letrina se ve muy limpia. Compruebo que hay jabón y ese fino lienzo que huele a doncella, que llaman papel higiénico y que últimamente es muy codiciado.

Aún conservo los guantes puestos y con la punta de mis botas alzo tapa de la letrina para hacer mi vaciado de vejiga matutino. Uso un poco y lo necesario de ese apreciado papel para limpiarme, y toco la palanquita metálica de una cañería metálica que sobresale de la pared. Un fuerte sonido me indica que el agua ha salido liberada para llevarse mi faena.

Ahora, con sumo cuidado, hurgo detrás de mis orejas para quitarme el cubrebocas blanco y lo arrojo dentro de un cesto, al lado de ese frío asiento de cerámica blanca que resuena por el agua. Meto la punta de los dedos intentando no tocar la piel de mi muñeca izquierda y tiro rápido para abajo: elimino uno de los guantes; a continuación, hago lo mismo con el otro.

Cojo un poco de jabón con la mano derecha y con esa misma abro el grifo y lo froto con el jabón y lo enjuago bien, vuelvo a tomar jabón y me lavo bien las manos. Tomo de nuevo jabón hago espuma con él y me lo paso por el rostro y me limpio con abundante agua fresca.

Muevo rápidamente mis manos debajo de un extraño cofre que pende de una de las paredes. Ya lo he visto en otros lugares, y sale una corriente de aire caliente. Se para. Vuelvo a gesticular. Así hasta tres veces. No hay remedio, mis manos siguen húmedas. Escarbo en mi bolsa y saco una toalla de algodón con la que me seco las manos. Sonrío al ver el anagrama de aquel monasterio extremeño. Hace tres años que fui a aquel cenobio en la otra parte de España. La guardo y busco ahora una bolsa fina y trasparente que cruje al tacto. Tiro de ella y la rasgo sacando de un interior un cubrebocas, el cual solo cuelgo en una oreja el cordón y el otro lo dejo sin poner.

Ahora ya busco esa caja de papel duro de color azul, tiene una apertura ovalada e introduzco los dedos, saco uno de los guantes de ese material extraño que últimamente he aprendido a convivir con él. Me habían recomendado su compra en un enorme ultramarinos cerca de mi casa. Con cuidado de no romperlo, meto los dedos y doy pequeños tironcitos para amoldar el «tejido» a mis dedos. Una vez asegurado, me pongo el siguiente. Guardo la caja en mi bolsa. Con el codo descorro el cerrojo y con la punta del pie abro la puerta de la letrina.

El tabernero me hace una seña y extiende su mano hacia una mesa donde ya tengo dispuesto mi desayuno. Lo tomo presto, pues no quiero permanecer mucho tiempo allí dentro. Oigo lo que comentan. Parece que la epidemia esta menguando sus víctimas por todo el reino.

Dejo en un platillo negro tres maravedís y medio de ese extraño dinero con nombre de diosa griega.

Salgo a la calle y, al mirar al frente, a pocos pasos hallo la cruz que buscaba. Estoy en Doctor Nicasio Benlloch. Saco el pliego de papel y me apoyo sobre una pared adyacente para dibujar rápidamente y escribir su descripción:



La cruz actual está completamente reconstruida. No queda nada de la anterior, de 1439, elaborada por Antonio Dalmau, que talló la cruz y el capitel de la columna. Cien años después la rehízo por primera vez Jaume Vicent.

La que ahora vemos es una cruz de piedra realizada hacia 1940 que se alza sobre podio formado por una grada y una basa de planta octogonal en el cual encontramos en cuatro de sus caras, escudos de la ciudad en alternancia con cuatro caras lisas. Sobre este podio se alza una columna o espiga octogonal que termina en una base octogonal a modo de capitel en cuyas ocho caras encontramos talladas imágenes de santos y personajes de la tradición cristiana separados por columnillas y bajo bovedillas en forma de venera. Sobre esta base se alza la cruz ornamentada con un cierto gusto barroco. En la cruz figura Jesús Crucificado y en los extremos de los cuatro palos del madero vemos sendas representaciones de los cuatro evangelistas con sus animales simbólicos.

En la actualidad se encuentra en perfecto estado de conservación y no se encuentra cubierta ya que nunca lo estuvo.

Una cruz de piedra blanca, de imitación barroca que marca la frontera de Valencia con Beniferri.  Un paso más y me adentro en la ciudad. Consulto el plano y veo para desilusión que me equivoco. Pues antes tengo que marchar a la villa de Mislata. Afortunadamente tengo una gran extensión de campo por delante antes de entrar.

Pero antes tengo que hallar un camino que me lleve hasta allí.  ¿Qué es esa mole de color azul?

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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL
7 de abril 2020. Capitulo: Camino Viejo de Liria.

María Jesús:   cada dia es mas interesante.

MJ: Estamos en forma para seguirte.

Gema: Nunca más veremos las cruces de la misma forma.

Mari Carmen: No sabía que habían tantas cruces.

Manoli: Gracias, Isabel

Josefa: Muy interesante Isabel.

Teresa: sigo contigo caminando, me encanta!!!

María Esperanza: Muy Interesante ,,,

Sabín: Buen trabajo, Isabel.Ya tenemos una excusa cada mañana para mirar este grupo. Ve pensando en qué vas a escribir a finales de abril, cuando se te acaben las cruces.

Enriqueta: Qué delicia es caminar contigo.Estoy con Sabín en que tienes que escribir sobre el tema que sea porque es muy agradable leerte y lo haces de manera natural,cómo tiene que ser.Gracias y hasta mañana

Rosa Ruiz: Isabel chulísimo!!


Mari Carmen: Que imaginación !


Cruz de Cortes Valencianas (cruces de término#7)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos.


Año de Nuestro Señor 2020, sexto día del mes de abril.

Después de meditarlo mucho he decidido ir andando hasta Beniferri. Podría haber usado las llamadas «estaciones» y viajar en esa bestia subterránea hasta allí, pero preferí caminar.

La mañana en este día de hoy acompaña. Aunque no hace calor el céfiro se ve despejado, el sol brilla como un viejo escudo de latón al que aún no han pulido, pero que cumple su cometido.

Recorro la calle del Molino hasta salir al llamado Camino Nuevo de Paterna, sigo un trecho por esta vía hasta la altura en que un pasado se encontraba el castillo del señor de Benimàmet en la calle Bétera. De allí cruzo el asfalto para poder adentrarme en el Camino Viejo de Paterna, pongo un pie en ese negro pavimento… y tengo que dar un paso para atrás para que un carro blanco, en cuyo interior resuena música, no me arrolle. Me arrimo al linde del puente, hasta llegar a una altura en la que puedo saltar a la tierra de la huerta.

No hay ni un alma en esa gran extensión de huerta que contemplan mis ojos. Es por eso por lo que me quito los guantes y el cubreboca. Durante un tiempo quiero pasear por la huerta sintiéndome libre, como lo hacía antes de que la epidemia nos castigara.

Hincho mis pulmones de aire, de un aire fresco y limpio. Tal vez más aún que cuando el mal comenzó. Se nota que los labriegos no han visitado mucho sus tierras, y que la primavera, ajena a todo lo ocurrido, se ha despertado con fuerza además de ser bendecida por estas lluvias de días atrás.

A ambos lados del camino se alzan hierbajos de todo tipo, desde las más vulgares y rastreras plantas a algunas conocidas como el diente de león amarillo —recuerdo de mi infancia—, a las flores rosadas de las malvas, a pequeñas florecillas anónimas que con gracia despuntan sus capullos en cuajadas flores que, aunque simples, llenas de hermosura. El campo huele a flores, es el aroma de la primavera, la esencia de Valencia, que desde muy antaño disfrutaron los hombres en esta maravillosa huerta.

Busco la senda del padre Barranco y cierro los ojos, dejo la mente en blanco y escucho cómo la brisa agita las hierbas de los lindes; algunas suenan secas. La tierra se estruja viscosa bajo mis botas, es el fango de las lluvias acontecidas. Extiendo la mano izquierda que va acariciando las plantas, la piel de mis brazos se eriza, y un escalofrío placentero recorre mi espalda. Han sido muchos días sin sentir el tacto de nada. Sólo a través de los finos guantes.

Me agacho al suelo, cojo un puñado de tierra húmeda y la presiono entre mis dedos, transmitiéndole mi calor y energía, se va convirtiendo en una masa homogénea como la que trabaja un panadero. Tomo un poco más de tierra y sigo amasándola entre mis manos, ahora decido darle forma y, aún con algo de torpeza, pues no pertenezco al gremio de alfareros, creo un pequeño caballito de barro. Cojo un par de espigas y clavo una en las nalgas en forma de cola, la otra la deshago a trocitos y la coloco como si fuera la crin. Es una ofrenda a la libertad que pronto tendremos. Volveremos a ser libres cual caballos salvajes. Saldremos de nuestras casas al galope para volver a aventurarnos en el mundo.

Tengo orgullo de mi obra y la dejo cual exvoto en el camino sobre unas piedras. A unos pocos metros se encuentra la acequia de Mestalla, se arrodillo a su lado e introduzco las manos en el agua fresca y clara que, abundante, fluye hacia la ciudad. Veo cómo poco a poco el rastro de barro va desapareciendo de mis manos, que minutos antes jugaban a ser las del Señor Creador.

Abro mi saco y rebusco para extraer unas viandas y un poco de agua de la extraña calabaza transparente. Me bebo la mitad sin miedo, pues aún conservo íntegras tres más.

Me refresco la cara en las aguas de Mestalla después de comer y continúo mi camino. Quedan escasos pasos para abandonar la huerta y adentrarme en la pedanía de... Beniferri.

Mi corazón da un vuelco alarmado. Había supuesto que siendo del mismo territorio Beniferri sería semejante a Benimàmet, con sus antiguas casitas de campo de los burgueses. Con pequeñas edificaciones en forma de arca.

Cruzo corriendo las sendas de asfalto evitando ser arrollado por alguno de esos carros de metal, hasta ponerme a salvo en una senda flanqueada por altas palmeras y setos verdes con flores violetas.

Voy adentrándome en la población observando asombrado cómo un edificio se va haciendo cada vez más y más grande ante mis ojos. Un sonido fuerte como una trompeta me devuelve a la realidad con un grito de un hombre, procedente de un carro que me recrimina que mire por donde camino.

Cruzo rápido para ponerme a salvo en las orillas de piedra que son para los transeúntes. Levanto la mirada lentamente abriendo la boca, que ya vuelve a estar cubierta por el cubrebocas, al igual que mis manos llevan ahora guantes blancos.

Ante mí se alza imponente un gran... gran no, ¡grandioso edificio! Es de un color que varía del negro carbón a gris acero desgastado. Tiene varias vidrieras sobre su superficie, cada una de ellas entiendo que es una residencia. Comienzo a contarlas, una, dos, tres, cuatro... seis, siete… catorce, quince... diecisiete ¿o eran dieciocho? Me descuento al mirar cómo en esos vidrios aún oscuros se reflejan las nubes. Una construcción más alta que las catedrales que he visto por España.

Vuelvo a contar despacio. Veintinueve vidrieras. O lo que es lo mismo, pueden vivir veintinueve familias en él.

Escucho unas voces detrás de mí, están hablando también del edificio y sus medidas de seguridad. Comentan que es el edificio habitado más alto de la ciudad de Valencia, que se trata de un hotel con 309 habitaciones.

Doy un traspiés tras la consternación. ¡Es una posada para 309 almas! Sin duda es obra de Lucifer. Miro a mi alrededor, aunque no semejante altura, son bastantes altos los edificios que me rodean. Los carros de metal, aunque pocos, pasan muy rápidos ante mí.

Devuelvo la mirada al edificio. Esto debe ser el infierno. No puede ser un lugar tan frío e inhóspito obra de un Dios piadoso. Leo un rótulo que pone «Cortes Valencianas». ¡Anda la Cruz! Se me había olvidado, ante tal dantesca visión urbanística.

La hallo ante mí, y es cuando descubro como tengo que «vadear» esos ríos de asfalto. Existen unas líneas blancas pintadas en el suelo. Sólo tengo que mirar un farol que tiene varios colores. Cuando esté rojo tengo que detenerme y dejar pasar los carros, cuando esté verde puedo pasar yo.

Siento el poder recorriéndome el cuerpo, mientras que piso las líneas blancas del suelo, y tengo a los carros parados a mi lado derecho, como se dispone la guardia ante un rey. Al final, piso la zona de piedra de los transeúntes y me presento ante la cruz de factura moderna. Pero bastante atractiva a mis ojos.

Extraigo un pliego de papel de debajo de mis ropas y me pongo a dibujar el crucifijo.

Ilustración: Isabel Balensiya

Añado su descripción: sobre un basamento no muy alto y de bordes biselados hacia los extremos, se alza un pilar de piedra. El crucero está formado por una especie de cuerda retorcida que lo atraviesa. Construida en 1966 por Nassio Bayarri.

Guardo el pliego y observo los carros, los imponentes edificios. Una sensación de insignificancia debería recorrer mi cuerpo, pero no es así. Tal vez porque me hallo reconfortado por esa cruz, que cristianiza el infernal lugar. Tenemos que ser guerreros espirituales, tenemos que sacar fuerzas desde nuestro interior y luchar. Luchar por salir adelante. Porque cada amanecer que pasa es una victoria más en la batalla por arrebatarle la Corona a esta epidemia que reina en nuestra ciudad.

Cierro el puño estrujando con fuerza el mapa de la ruta. Alzo la mirada al cielo, el sol ha vuelto a salir. Sonrío, sonrío como nunca he sonreído estos días. ¡Allá vamos!


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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL

6 de abril 2020. Capitulo: Cortes Valencianas 


Pilar: Excelente Isabel.

Gema: Muy conseguido.

Pilar Alberti: Maravilloso el relato.

Enriqueta: Gracias,Isabel,por los ánimos que trasmites en tus relatos.Ojalá llegue pronto la victoria y salgamos a galope,como bien dices en este último viaje de tu extraño peregrino.Fantástico.

Mari Carmen: Muy chulo Isabel gracias.Vaya imaginación tienes


Sabin: Gracias, Isabel, por su aportación diaria.