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domingo, 13 de junio de 2021

POBLATS DEL OEST: de cavernícolas agrícolas a guerrilleros industriales. (Distritos de Valencia#18)


Vista nocturna de Beniferri, con el gran hotel Meliá Valencia.


Poblats de l´Oest - Poblados del Oeste en castellano -  Es el nombre que tiene el 19º distrito de la ciudad de Valencia. Se encuentra delimitado al norte con Burjassot, al este con Benicalap y al sur con Campanar y al oeste con Paterna. Formado por dos barrios, que al mismo tiempo son pedanías de Valencia: Benimàmet y Beniferri.

Los Poblados del Oeste depende actualmente del Ayuntamiento de Valencia, como distrito de la ciudad, pero hace muchos años atrás que eran poblaciones independientes. Cuentan con un alcalde de barrio en un ayuntamiento pedáneo en Benimàmet. 

Los primeros núcleos urbanos de estos lugares surgieron durante la dominación musulmana de Valencia, como claramente indica la raíz Beni - Hijos de - en dialecto árabe. Posteriormente con la reconquista cristiana fueron habitados por cristianos viejos los cuales, hasta el siglo XIX vivieron de la viña, las calabazas, alcachofas, naranjos y de la industria de los metales en forja que se encontraban en el camino principal de Beniferri, además del molino de Benimàmet. 

A mediados del siglo XX vinieron de la industria, siendo muchas las personas que vinieron de diferentes pueblos de Aragón para vivir en estas dos poblaciones y acceder a puesto de trabajo, haciendo aumentar la población inmigrante, la mayoría aragoneses. 

Actualmente en este distrito se puede encontrar el Palacio de Congresos, el Hospital de Arnau de Vilanova y el edifico más alto de la ciudad de Valencia: el hotel Meliá de Valencia. A parte del velódromo y la Feria de Muestras. 

EN ESTE DISTRITO ENCONTRARÁS 

Benimàmet

Benimàmet, su historia. (Parte 2) 23/12/20

- La Cruz de término de Benimámet (14/4/20)

-  Árboles extraordinarios de Benimàmet 

- La Acequia Real de Moncada.



Beniferri

- Beniferri, su historia.

- El molino de Bonany 

- Hospital Arnau de Vilanova.





jueves, 24 de diciembre de 2020

Benimàmet, su historia. II


Idílico chalet que podemos encontrar en Benimàmet.
Actual lugar de los Jubilados. Fotografía: I. Balensiya.  

POBLADOS DEL OESTE
Benimàmet

Afortunadamente la historia antigua de Benimàmet podemos conocerla gracias a la labor que hizo en 1784 fray Francisco de Santa Bárbara uno de los frailes del Monasterio de San Miguel de los Reyes y señor de Benimàmet. Este monje redactó un manuscrito a mano donde cuenta sobre todo lo vivido en el lugar incluyendo datos de población y contribuciones.

San Miguel de los Reyes - Valencia 

La Guerra de la Independencia (1808) también llegó a la población donde las huestes del general Reille tomaron Benimàmet haciendo estragos sobre las propiedades de los benimatenses, entre ellas y la más sacrílega fue convertir la iglesia de San Vicente Mártir en un establo para las monturas de los soldados. Poco duró esto pues la ayuda vino de manos de un fraile franciscano Juan Martí, párroco de Beniferri, quien el 20 de mayo de 1808 alzó el grito de independencia apoyado por Vicente Doménech El Palleter quien lo ayudo frente al movimiento patriótico valenciano para su lucha contra el francés invasor. Para lograr la liberación de Benimàmet y Beniferri.

"El grito del Palleter" 1884. Joaquin Sorolla
Óleo sobre lienzo 152x202 cm. Valencia.
 

Unos pocos años más tarde el 11 de octubre de 1835 debido a la Desamortización de Mendizábal, todos los monasterios y conventos debían ser abandonados y sus pertenecías y territorios fueron vendidos. San Miguel de los Reyes también tuvo que ser desagregado y los frailes abandonaron el lugar, dejando de ser señores feudales de Benimàmet.

Benimàmet entonces obtuvo su independencia como pueblo, pero duró poco pues el 9 de julio de 1882 y acogiéndose al Real Decreto del 21 de octubre de 1866, se tuvo que anexionar a la ciudad de Valencia, quedando así dependiente de la gran urbe, después de casi 50 años de autonomía.

Núcleo urbano de Benimámet en 1883. 

El Benimàmet del siglo XIX creció un poco más. El llamado Camino Viejo de Paterna y el de Burjassot se llenaron de casas y se construyeron las famosas cuevas por la gente más humilde que no podía permitirse la construcción de una casa, con sus propias manos excavaron el suelo creando habitáculos, unas graciosas cavidades todas limpias y blanqueadas con cal con sus chimeneas y respiradores que llamó la atención hasta a grandes pintores como fue Joaquín Sorolla que inmortalizó la vivienda y sus habitantes en su obra Familia Valenciana (1894)

La familia de Benimàmet que pintó Sorolla en 1894

No solo eran viviendas sino también hubo hasta comercios, tiendas de barrio dónde poder encontrar lo necesario para la vida sencilla de esos habitantes. Se encontraban – o se encuentra clausuradas algunas – en la zona de las Carolinas y el Parque de Camales.


Las cuevas de Benimàmet años 60.

En 1850 Benimàmet ya era independiente como municipio constaba de 248 casas, 235 vecinos, tres alquerías en la huerta, dos molinos uno regido por la acequia de Moncada (Bonany) y el otro por la de Tormos. Un pozo ubicado en la calle Pouet de Pedrereta y 15 cuevas en la zona del actual Parque de Camales.

En cuanto a los cultivos en sus huertas y campos crecían trigo, maíz, cáñamo, alubias, frutas y verduras y todos los campos estaban franqueados de moreras muy importantes para la producción sedera de Valencia.

 Si callejeamos por Benimàmet con tranquilidad podemos encontrar alguna de las casas con ganchos y poleas para guardar el cultivo en las cambras. Junto con filas de pequeños ventanucos para las cambras sederas.

Ejemplo de cambra sedera que podemos encontrar en la actualidad.
Fotografía: I. Balensiya 

El riego estaba asegurado por la acequia de Tormos y sus seis rolls: el Tragador, el Navarro, el Ambriosio, el de les Penyetes, el Sebastiano, el de Alquerieta.

Acequia de Moncada en el Molino del Canonge en Benimàmet.
Fotografía: I. Balensiya. 

En cambio, la acequia de Moncada pegada a la de Tormos, no regaba mucho hasta llegar a los rolls de Uncía y dels Frares para convertir en regadío las ya nombradas zonas de El Secanet y El Garroferal. Además de dar de beber a lo benimatenses.


Del Secanet, solo queda el nombre de la calle.
Fotografía: I. Balensiya

En la actual Feria Muestrario había un polvorín que custodiaba la pólvora de toda la provincia. En la zona estaban los cultivos de secano de algarrobos, olivos y viñas.

Pero todo esto duro solo 27 años desde el señorío de los frailes hasta la absorción por el ayuntamiento de Valencia en 1882.

Valencia había mantenido una relación muy integrada con el pueblo pues proporcionaba suministros que la huerta necesitaba, incluyendo abono, creado por los desperdicios los excrementos de las caballerías para enriquecer la huerta. Luego los productos de la huerta eran vendidos en los mercados de Valencia.

En la huerta ahora ya no solo vivían labradores sino también la burguesía en sus casas de retito salpicando la huerta como pequeños palacetes o villas de campo. Que contrastaban con el cada vez más empobrecimiento a los labradores de Benimàmet que dado a los pocos ingresos mandaban a las mujeres a la ciudad para que hagan venta directa y ambulante de vegetales y frutas por las calles.

A la burguesía le molesta la visión de esta gente y logran que se reglamenta la venta en el Mercado Central y se persigue a las vendedoras sin licencia.

Comienza en 1882 las huelgas de los vendedores de hortalizas que paralizan el mercado y afectan a toda la ciudad.

Surge el Real Decreto de anexión a la ciudad, junto a el proyecto de la “Gran Valencia” para urbanizar los poblados anexos a Valencia, beneficiando así a toda la burguesía que vivía en Benimàmet pues las rentas agrícolas se convertían en urbanas que eran más altas. Llegó también el alumbrado público en 1883 eliminando ese ambiente de inseguridad que provocaban las calles a oscuras.

En 1885 el cólera hizo estragos en la población, pero por obra milagrosa de San Francisco de Paula se terminó, al año siguiente se creó la fiesta de San Francisco de Paula, patrón de los agricultores benimatenses.

El 6 de junio de 1888 se inauguró el tramo de ferrocarril Valencia – Paterna. Ahora se podría tomar el tren en vez de desplazarse en tartana. Un año más tarde construiría la estación en la actual plaza de Luis Cano. La estación se encontraba “lejos” del núcleo urbano de Benimàmet cosa que fomentó otra expansión más de la población. Ahora la pedanía estaba formada por los ejes del Camino de Paterna, Calle de Burjassot, Felipe Valls y unas cuantas casas sueltas al norte de la vía.

El tren en el punto donde hace una curva separaba Benimàmet de su cementerio que estaba en las afueras del pueblo, muy cercano a la estación de tren, en la actual calle Pego.

Llegamos ya al año 1900, el nuevo siglo nos trae cambios en Benimàmet bastante importantes. Es tiempo de la asociaciones como fue la Hermandad de Labradores y la Sociedad de Colombicultores. Se inaugura el primer colegio publico en el edificio que hoy en día está el ayuntamiento pedáneo.

El edificio de la Sociedad de obreros agrícolas.
Fotografía: I. Balensiya

En 1908 se hizo la luz. Las calles de Benimàmet dejaron de estar a oscuras en la noche. Unos pocos años más tarde en 1914 se edifica las Escuelas del Ave María, originariamente como colegio para niñas pobres.

Desde los años 20 hasta 1940 es cuando Benimàmet se convierte en el lugar favorito de muchas familias para veranear y también residir. Se construyen la mayoría de los chalets de la zona de Felipe Valls, además de ser un lugar seguro de bombardeos duran la Guerra Civil de 1936.

Lo que no sería segura, fue la iglesia que quedó totalmente incendiada, afortunadamente se salvaron los libros eclesiásticos de registros.

Iglesia de Benimàmet
I. Balensiya.

En la Montañeta del Polvorín comenzaron a construir calles rectas y unos cuantos chalets. Estas residencias de verano fueron posible gracias al trenet.

Durante las siguientes décadas Benimàmet se convierte en un foco industrial importante y residencia de muchos obreros. La mayoría de ellos de procedencia humilde y había que darles una vivienda para ellos a medida de sus posibilidades económicas.


Es entonces cuando apareció un hombre, un sacerdote llamado Joaquín Sancho Albesa, que fue conocido como el Padre Botella, porque ideó una acción benéfica a través del reciclaje que llamó la atención en buena parte de España.

Este buen hombre era párroco de la Natividad, iglesia del barrio de Canterería, donde le avisaron a que acudiera a una casa porque había una niña que tenía graves quemaduras por jugar con un brasero, porque se quedó sola en casa porque su madre salió a trabajar. Se dio cuenta que la gente del barrio necesitaba una guardería infantil.

Un día en la misa de Navidad dio un sermón en el que comentó que muchos celebrarían las fiestas con bebidas y les pidió que les llevasen los cascos de vidrio vacíos para llevarlos el mismo a la planta de reciclaje y obtener beneficios para llevar a cabo acciones de caridad.

Todas las personas de buen grado empezaron a recolectar y a llevarle botellas vacías al sacerdote, quien las iba vendiendo a las bodegas para que las aprovecharan, una vez que las limpiaba y les eliminaba las etiquetas.

Fue invitado al programa Cabalgata Fin de Semana, donde el locutor le puso el sobrenombre de Padre Botella. Celebridades subastaban botellas piezas únicas. Hasta en el estadio del Real Madrid y del Atlético se dispusieron a recoger botellas con el lema: una botella por cada socio del equipo perdedor y dos por los del ganador.

El Padre Botella con sus botellas.

En cambio, el sacerdote siempre dijo: Cada botella, un ladrillo. Y con más de 15.000 botellas recogidas en la primera semana, alcanzó millones de botellas vacías. Cumpliendo así el objetivo de edificar la guardería infantil, junto a la construcción de más de un centenar de viviendas para los más necesitados de la barriada en la zona del actual Parque de Camales.

Fincas del Padre Botella en el parque de Camales.
Fotografía: I. Balensiya

Joaquín Sancho Albesa murió en 1992. Pero la historia de Benimàmet continua ese año el 9 de julio cuando se inaugura el escudo del pueblo, en los jardines de la Plaza de Luis Cano.

Tres años después se construiría el ambulatoria. En 1996 surgió una comisión para conseguir la separación de Valencia y pueda ser Benimámet pueblo independiente.

En 2007 se perdería el icónico edificio de la estación del tren por el soterramiento de las vías del metro, utilizando el trazado del antiguo tren. Obras que se alargaron hasta 2011.

Antigua estación de Benimàmet. Actualmente desaparecida.


Actual estación de MetroValencia en Benimàmet
Fotografía: I. Balensiya


A partir de entonces comenzaría Benimàmet una lucha por su soñado Parque Lineal ya que las obras tuvieron diversas complicaciones y parones. Finalmente, el 12 de marzo de 2018 se inauguró con un 1.2 km de paseo, 850 metros de carril ciclista, prácticamente 8.000 plantas y alrededor de 12.000 m2 de césped y pradera mediterránea. Siendo la joya del parque un eucalipto de grandes dimensiones, considerado como el más grande de la ciudad de Valencia.

Parque lineal
Fotografía I. Balensiya

Pero la fecha para marcarla en la historia fue este 2020. Cuando Benimàmet ha sido declarada Entidad Local Menor.


viernes, 21 de agosto de 2020

Benimàmet, su historia. I



Benimàmet. Fotografía Isabel Balensiya

POBLADOS DEL OESTE
Benimàmet


Benimàmet forma parte de la ciudad de Valencia desde el año 1882, por el Real Decreto del 21 de octubre de 1866, que ordenaba que se suprimieran todos los municipios con una población inferior a los 1.000 habitantes, formando así junto al municipio de Beniferri, el cual sufrió la misma suerte, el denominado distrito de Poblats de l´Oest (Poblados del Oeste).

En el plano lo encontramos ubicado al norte con el Camino viejo de Líria – act. Pista de Ademúz – y fusionado con Burjassot. Al oeste contiene su crecimiento el barranco d´Endolça y el este y el sur es un límite confuso entre Beniferri y Campanar.

Benimàmet se fundo al pie de unas colinas calcáreas y bordeando la tierra de aluvión, encontrándose entre el limite de las huertas de secano y regadío. Ese limite lo marcaba la acequia de Moncada. Para no desperdiciar las tierras de regadío, el pueblo se construyó en la parte más alta, donde no llega el agua de Moncada. Esta es la razón de esas calles en cuestas que podemos recorrer hoy en día.

Con el tiempo, a base de un pozo y nuevos ramales de la acequia de Moncada – Uncía y de los Frares -  se crearon nuevos regadíos en tierras de secano en las zonas conocidas como `El Secanet´ y `El Garroferal´.

Actualmente el Secanet es una calle llena de edificios.
Fotografía: Isabel Balensiya

En pueblo, en época islámica, se fue extendiendo a lo largo de esta acequia, convirtiendo su término en una rica huerta.


El nombre de la localidad también es de origen islámico. Etimológicamente deriva de “Bani Mahbit” que vendría a significar la familia de Mahbit, que era la dueña de la alquería que dio origen al asentamiento y futuro pueblo. Si consultamos los archivos, la primera vez que aparece escrito el nombre Benimàmet en un documento oficial lo podemos leer en el Llibre del Repartiment, concretamente en el asiento 666, folio 41.

Fragmento del Llibre del Repartiment donde aparece por primera vez el nombre,
subrayado en lima. 

« Entrega el 21 de agosto de 1238 a Sancius de Stada de casas y heredad, pertenecientes hasta entonces al Habrahim Alfachar de Benimahamet»


Un siglo más tarde, en 1310 ya se cita el pueblo en documentos con el nombre actual de Benimàmet.

Al llegar a la época medieval cristiana es cuando la historia del municipio se pone interesante, pues fueron muchos los señores y dueños de esta villa.

 En 1238, Jaime I el Conquistador lo dona a Sanç d´Estrada, primer señor cristiano de Benimàmet y todo su término.

Emblema de la familia Cavallerías.
Cuarenta años más tarde lo compra Gil Martínez de Entenza. Sus descendientes venderán la población, en 1361 por 80.000 reales valencianos, al llamado Magnifico Berenger de Codinats, el Mestre Racional de Valencia.

En 1453, Benimàmet y su término es vendido a Felipe de Cavallería, de la familia Cavallerías, quien hizo construir el castillo de Benimàmet.

Dicho castillo estaba ubicado entre la iglesia de San Vicente y el Camino viejo de Paterna y fue derruido en 1945.Cuando perdió su categoría como casa señorial, se convirtió en convento, luego en un colegio y por último en un cuartel de la Guardia Civil. Su ultimo propietario fue Enrique Blat Donderis “el potrero”. Su puerta principal miraba hacía Paterna, tenía un pozo y un árbol monumental, con un portal de arco redondo, con grandes dovelas y piedra, claustro de dos pisos y fábrica de ladrillo, patio empedrado y escalera de piedra.

De las últimas fotografía que se conservan del castillo.

En 1536, Benimàmet tendría su propia iglesia, ya que hasta entonces dependía eclesiásticamente de Burjassot. Mientras solo habían tenido una pequeña ermita con un sencillo altar dedicado a San Vicente Mártir que, en 1350, había mandado construir el señor de la villa.

Alrededores de la iglesia de San Vicente Mártir al atardecer.
Fotografía: Isabel Balensiya.

La actual iglesia de San Vicente Mártir
Fotografía: Isabel Balensiya
Los benimatenses se hicieron devotos de este diacono mártir, que lo tienen como el santo patrón del pueblo, después de haber remitido actas a Roma para conseguir el patronazgo  sobre la localidad, acompañándolas de testimonios de milagros y hechos prodigiosos para confirmar la presencia de ese santo en la zona y su gran estima.

Estima que le tenía San Vicente Ferrer, el fraile dominico que tanto pasó por Benimàmet camino a Paterna para evangelizar a los restos de población islámica. El santo valenciano venia a pie desde Valencia hasta Paterna por el actual Camino viejo de Paterna, que pasaba cerca de la ermita dónde se alza ese pequeño altar a su santo tocayo que tanta devoción le tenía. Lugar que aprovechaba para descansar, rezar y predicar a los habitantes de Benimàmet.

El diácono San Vicente Mártir aún perdura su recuerdo, no solo en la iglesia sino también, en el propio emblema del pueblo formado por el aspa donde le crucificaron y la rueda de molino a la cual ataron su cadáver y tiraron al río Turia, allá por el año 304 de nuestra era, durante la persecución cristiana en tierras hispanas.

Emblema de la pedanía.
Fotografía: Isabel Balensiya.

Regresando de nuevo a los señores de la villa. Sobre la ermita se construyó la actual iglesia, luego la familia Cavallerías vendió Benimàmet a Baltasar Ince de San Juan, quien por desgracia tenía un hijo con muchas deudas y puso el señorío de Benimàmet como garantía, finalmente lo perdió cayendo en manos del acreedor Miguel Juan de Talladas, quien para deshacerse de la villa se la vendió a los frailes jerónimos del Monasterio de San Miguel de los Reyes, quienes serían sus señores feudales desde el siglo XVI, hasta la Desamortización de Mendizábal en 1836.


En rojo las edificaciones que abarca el Benimàmet del siglo XIX




martes, 14 de abril de 2020

Cruz del Camino Viejo de Liria. (Cruces de término#8)


Año de Nuestro Señor 2020, séptimo día de abril

Al mirar mi mapa de rutas he visto que el camino para la Cruz de Beniferri es bastante sencillo: solamente tengo que seguir caminando por la misma calle, dejando a mis espaldas la cruz anterior.

Mi estómago ruge con fuerza, mejor hacer un parón para alimentarnos bien. Miro a mi alrededor y a pocos metros del grandioso edificio veo que hay una taberna. Es bastante lujosa así que decido pasar de largo, para mirar otra que bien pueda alcanzar el pago de mis viandas y que, además, me permitan acceder a ella. Doblo la esquina por donde tengo marcado en la ruta del mapa, y hallo un lugar que me es satisfactorio.

Saludo al dueño del local y pido que me ponga algo caliente para desayunar acompañado por un dulce en forma redonda y gruesa como una rueda de color del oro.

Busco una puerta al fondo del establecimiento y la empujo con el pie. Percibo un ligero olor a menta y pino, la letrina se ve muy limpia. Compruebo que hay jabón y ese fino lienzo que huele a doncella, que llaman papel higiénico y que últimamente es muy codiciado.

Aún conservo los guantes puestos y con la punta de mis botas alzo tapa de la letrina para hacer mi vaciado de vejiga matutino. Uso un poco y lo necesario de ese apreciado papel para limpiarme, y toco la palanquita metálica de una cañería metálica que sobresale de la pared. Un fuerte sonido me indica que el agua ha salido liberada para llevarse mi faena.

Ahora, con sumo cuidado, hurgo detrás de mis orejas para quitarme el cubrebocas blanco y lo arrojo dentro de un cesto, al lado de ese frío asiento de cerámica blanca que resuena por el agua. Meto la punta de los dedos intentando no tocar la piel de mi muñeca izquierda y tiro rápido para abajo: elimino uno de los guantes; a continuación, hago lo mismo con el otro.

Cojo un poco de jabón con la mano derecha y con esa misma abro el grifo y lo froto con el jabón y lo enjuago bien, vuelvo a tomar jabón y me lavo bien las manos. Tomo de nuevo jabón hago espuma con él y me lo paso por el rostro y me limpio con abundante agua fresca.

Muevo rápidamente mis manos debajo de un extraño cofre que pende de una de las paredes. Ya lo he visto en otros lugares, y sale una corriente de aire caliente. Se para. Vuelvo a gesticular. Así hasta tres veces. No hay remedio, mis manos siguen húmedas. Escarbo en mi bolsa y saco una toalla de algodón con la que me seco las manos. Sonrío al ver el anagrama de aquel monasterio extremeño. Hace tres años que fui a aquel cenobio en la otra parte de España. La guardo y busco ahora una bolsa fina y trasparente que cruje al tacto. Tiro de ella y la rasgo sacando de un interior un cubrebocas, el cual solo cuelgo en una oreja el cordón y el otro lo dejo sin poner.

Ahora ya busco esa caja de papel duro de color azul, tiene una apertura ovalada e introduzco los dedos, saco uno de los guantes de ese material extraño que últimamente he aprendido a convivir con él. Me habían recomendado su compra en un enorme ultramarinos cerca de mi casa. Con cuidado de no romperlo, meto los dedos y doy pequeños tironcitos para amoldar el «tejido» a mis dedos. Una vez asegurado, me pongo el siguiente. Guardo la caja en mi bolsa. Con el codo descorro el cerrojo y con la punta del pie abro la puerta de la letrina.

El tabernero me hace una seña y extiende su mano hacia una mesa donde ya tengo dispuesto mi desayuno. Lo tomo presto, pues no quiero permanecer mucho tiempo allí dentro. Oigo lo que comentan. Parece que la epidemia esta menguando sus víctimas por todo el reino.

Dejo en un platillo negro tres maravedís y medio de ese extraño dinero con nombre de diosa griega.

Salgo a la calle y, al mirar al frente, a pocos pasos hallo la cruz que buscaba. Estoy en Doctor Nicasio Benlloch. Saco el pliego de papel y me apoyo sobre una pared adyacente para dibujar rápidamente y escribir su descripción:



La cruz actual está completamente reconstruida. No queda nada de la anterior, de 1439, elaborada por Antonio Dalmau, que talló la cruz y el capitel de la columna. Cien años después la rehízo por primera vez Jaume Vicent.

La que ahora vemos es una cruz de piedra realizada hacia 1940 que se alza sobre podio formado por una grada y una basa de planta octogonal en el cual encontramos en cuatro de sus caras, escudos de la ciudad en alternancia con cuatro caras lisas. Sobre este podio se alza una columna o espiga octogonal que termina en una base octogonal a modo de capitel en cuyas ocho caras encontramos talladas imágenes de santos y personajes de la tradición cristiana separados por columnillas y bajo bovedillas en forma de venera. Sobre esta base se alza la cruz ornamentada con un cierto gusto barroco. En la cruz figura Jesús Crucificado y en los extremos de los cuatro palos del madero vemos sendas representaciones de los cuatro evangelistas con sus animales simbólicos.

En la actualidad se encuentra en perfecto estado de conservación y no se encuentra cubierta ya que nunca lo estuvo.

Una cruz de piedra blanca, de imitación barroca que marca la frontera de Valencia con Beniferri.  Un paso más y me adentro en la ciudad. Consulto el plano y veo para desilusión que me equivoco. Pues antes tengo que marchar a la villa de Mislata. Afortunadamente tengo una gran extensión de campo por delante antes de entrar.

Pero antes tengo que hallar un camino que me lleve hasta allí.  ¿Qué es esa mole de color azul?

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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL
7 de abril 2020. Capitulo: Camino Viejo de Liria.

María Jesús:   cada dia es mas interesante.

MJ: Estamos en forma para seguirte.

Gema: Nunca más veremos las cruces de la misma forma.

Mari Carmen: No sabía que habían tantas cruces.

Manoli: Gracias, Isabel

Josefa: Muy interesante Isabel.

Teresa: sigo contigo caminando, me encanta!!!

María Esperanza: Muy Interesante ,,,

Sabín: Buen trabajo, Isabel.Ya tenemos una excusa cada mañana para mirar este grupo. Ve pensando en qué vas a escribir a finales de abril, cuando se te acaben las cruces.

Enriqueta: Qué delicia es caminar contigo.Estoy con Sabín en que tienes que escribir sobre el tema que sea porque es muy agradable leerte y lo haces de manera natural,cómo tiene que ser.Gracias y hasta mañana

Rosa Ruiz: Isabel chulísimo!!


Mari Carmen: Que imaginación !


Cruz de Cortes Valencianas (cruces de término#7)


AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos.


Año de Nuestro Señor 2020, sexto día del mes de abril.

Después de meditarlo mucho he decidido ir andando hasta Beniferri. Podría haber usado las llamadas «estaciones» y viajar en esa bestia subterránea hasta allí, pero preferí caminar.

La mañana en este día de hoy acompaña. Aunque no hace calor el céfiro se ve despejado, el sol brilla como un viejo escudo de latón al que aún no han pulido, pero que cumple su cometido.

Recorro la calle del Molino hasta salir al llamado Camino Nuevo de Paterna, sigo un trecho por esta vía hasta la altura en que un pasado se encontraba el castillo del señor de Benimàmet en la calle Bétera. De allí cruzo el asfalto para poder adentrarme en el Camino Viejo de Paterna, pongo un pie en ese negro pavimento… y tengo que dar un paso para atrás para que un carro blanco, en cuyo interior resuena música, no me arrolle. Me arrimo al linde del puente, hasta llegar a una altura en la que puedo saltar a la tierra de la huerta.

No hay ni un alma en esa gran extensión de huerta que contemplan mis ojos. Es por eso por lo que me quito los guantes y el cubreboca. Durante un tiempo quiero pasear por la huerta sintiéndome libre, como lo hacía antes de que la epidemia nos castigara.

Hincho mis pulmones de aire, de un aire fresco y limpio. Tal vez más aún que cuando el mal comenzó. Se nota que los labriegos no han visitado mucho sus tierras, y que la primavera, ajena a todo lo ocurrido, se ha despertado con fuerza además de ser bendecida por estas lluvias de días atrás.

A ambos lados del camino se alzan hierbajos de todo tipo, desde las más vulgares y rastreras plantas a algunas conocidas como el diente de león amarillo —recuerdo de mi infancia—, a las flores rosadas de las malvas, a pequeñas florecillas anónimas que con gracia despuntan sus capullos en cuajadas flores que, aunque simples, llenas de hermosura. El campo huele a flores, es el aroma de la primavera, la esencia de Valencia, que desde muy antaño disfrutaron los hombres en esta maravillosa huerta.

Busco la senda del padre Barranco y cierro los ojos, dejo la mente en blanco y escucho cómo la brisa agita las hierbas de los lindes; algunas suenan secas. La tierra se estruja viscosa bajo mis botas, es el fango de las lluvias acontecidas. Extiendo la mano izquierda que va acariciando las plantas, la piel de mis brazos se eriza, y un escalofrío placentero recorre mi espalda. Han sido muchos días sin sentir el tacto de nada. Sólo a través de los finos guantes.

Me agacho al suelo, cojo un puñado de tierra húmeda y la presiono entre mis dedos, transmitiéndole mi calor y energía, se va convirtiendo en una masa homogénea como la que trabaja un panadero. Tomo un poco más de tierra y sigo amasándola entre mis manos, ahora decido darle forma y, aún con algo de torpeza, pues no pertenezco al gremio de alfareros, creo un pequeño caballito de barro. Cojo un par de espigas y clavo una en las nalgas en forma de cola, la otra la deshago a trocitos y la coloco como si fuera la crin. Es una ofrenda a la libertad que pronto tendremos. Volveremos a ser libres cual caballos salvajes. Saldremos de nuestras casas al galope para volver a aventurarnos en el mundo.

Tengo orgullo de mi obra y la dejo cual exvoto en el camino sobre unas piedras. A unos pocos metros se encuentra la acequia de Mestalla, se arrodillo a su lado e introduzco las manos en el agua fresca y clara que, abundante, fluye hacia la ciudad. Veo cómo poco a poco el rastro de barro va desapareciendo de mis manos, que minutos antes jugaban a ser las del Señor Creador.

Abro mi saco y rebusco para extraer unas viandas y un poco de agua de la extraña calabaza transparente. Me bebo la mitad sin miedo, pues aún conservo íntegras tres más.

Me refresco la cara en las aguas de Mestalla después de comer y continúo mi camino. Quedan escasos pasos para abandonar la huerta y adentrarme en la pedanía de... Beniferri.

Mi corazón da un vuelco alarmado. Había supuesto que siendo del mismo territorio Beniferri sería semejante a Benimàmet, con sus antiguas casitas de campo de los burgueses. Con pequeñas edificaciones en forma de arca.

Cruzo corriendo las sendas de asfalto evitando ser arrollado por alguno de esos carros de metal, hasta ponerme a salvo en una senda flanqueada por altas palmeras y setos verdes con flores violetas.

Voy adentrándome en la población observando asombrado cómo un edificio se va haciendo cada vez más y más grande ante mis ojos. Un sonido fuerte como una trompeta me devuelve a la realidad con un grito de un hombre, procedente de un carro que me recrimina que mire por donde camino.

Cruzo rápido para ponerme a salvo en las orillas de piedra que son para los transeúntes. Levanto la mirada lentamente abriendo la boca, que ya vuelve a estar cubierta por el cubrebocas, al igual que mis manos llevan ahora guantes blancos.

Ante mí se alza imponente un gran... gran no, ¡grandioso edificio! Es de un color que varía del negro carbón a gris acero desgastado. Tiene varias vidrieras sobre su superficie, cada una de ellas entiendo que es una residencia. Comienzo a contarlas, una, dos, tres, cuatro... seis, siete… catorce, quince... diecisiete ¿o eran dieciocho? Me descuento al mirar cómo en esos vidrios aún oscuros se reflejan las nubes. Una construcción más alta que las catedrales que he visto por España.

Vuelvo a contar despacio. Veintinueve vidrieras. O lo que es lo mismo, pueden vivir veintinueve familias en él.

Escucho unas voces detrás de mí, están hablando también del edificio y sus medidas de seguridad. Comentan que es el edificio habitado más alto de la ciudad de Valencia, que se trata de un hotel con 309 habitaciones.

Doy un traspiés tras la consternación. ¡Es una posada para 309 almas! Sin duda es obra de Lucifer. Miro a mi alrededor, aunque no semejante altura, son bastantes altos los edificios que me rodean. Los carros de metal, aunque pocos, pasan muy rápidos ante mí.

Devuelvo la mirada al edificio. Esto debe ser el infierno. No puede ser un lugar tan frío e inhóspito obra de un Dios piadoso. Leo un rótulo que pone «Cortes Valencianas». ¡Anda la Cruz! Se me había olvidado, ante tal dantesca visión urbanística.

La hallo ante mí, y es cuando descubro como tengo que «vadear» esos ríos de asfalto. Existen unas líneas blancas pintadas en el suelo. Sólo tengo que mirar un farol que tiene varios colores. Cuando esté rojo tengo que detenerme y dejar pasar los carros, cuando esté verde puedo pasar yo.

Siento el poder recorriéndome el cuerpo, mientras que piso las líneas blancas del suelo, y tengo a los carros parados a mi lado derecho, como se dispone la guardia ante un rey. Al final, piso la zona de piedra de los transeúntes y me presento ante la cruz de factura moderna. Pero bastante atractiva a mis ojos.

Extraigo un pliego de papel de debajo de mis ropas y me pongo a dibujar el crucifijo.

Ilustración: Isabel Balensiya

Añado su descripción: sobre un basamento no muy alto y de bordes biselados hacia los extremos, se alza un pilar de piedra. El crucero está formado por una especie de cuerda retorcida que lo atraviesa. Construida en 1966 por Nassio Bayarri.

Guardo el pliego y observo los carros, los imponentes edificios. Una sensación de insignificancia debería recorrer mi cuerpo, pero no es así. Tal vez porque me hallo reconfortado por esa cruz, que cristianiza el infernal lugar. Tenemos que ser guerreros espirituales, tenemos que sacar fuerzas desde nuestro interior y luchar. Luchar por salir adelante. Porque cada amanecer que pasa es una victoria más en la batalla por arrebatarle la Corona a esta epidemia que reina en nuestra ciudad.

Cierro el puño estrujando con fuerza el mapa de la ruta. Alzo la mirada al cielo, el sol ha vuelto a salir. Sonrío, sonrío como nunca he sonreído estos días. ¡Allá vamos!


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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL

6 de abril 2020. Capitulo: Cortes Valencianas 


Pilar: Excelente Isabel.

Gema: Muy conseguido.

Pilar Alberti: Maravilloso el relato.

Enriqueta: Gracias,Isabel,por los ánimos que trasmites en tus relatos.Ojalá llegue pronto la victoria y salgamos a galope,como bien dices en este último viaje de tu extraño peregrino.Fantástico.

Mari Carmen: Muy chulo Isabel gracias.Vaya imaginación tienes


Sabin: Gracias, Isabel, por su aportación diaria.

Cruz de Benimàmet (Cruces de término#6)

AVISO: La redacción de estos artículos se realizaron durante la epidemia del COVID-19. Están tipo "novelados" imitando un antiguo cuaderno de un viajero del tiempo. Para entretenimiento de un grupo de amigos de Puçol y dedicados a ellos.


Año de Nuestro Señor 2020, cuarto día del mes de abril. 

La jarra de cerveza se había convertido en dos y ésta a su vez en un plato de carne y unas verduras. Finalmente, la noche había caído sobre mi en Godella. Un hombre de la taberna donde había pasado la tarde me dijo que lo acompañara a su casa, pues apenas podía caminar. Me permitió pasar la noche en su hogar. Dormí en el salón de su vivienda, en un estrecho y raro catre que, según dijo, que se llamaba sofá. 

Esta mañana, después de que me invitara a tomar una taza de ese aromático brebaje llamado café, he salido de su residencia camino a mi siguiente objetivo: la cruz de término de Benimàmet. 

Observo el mapa que llevo conmigo, la distancia que separan las dos villas, el trecho a recorrer es largo. Aunque no llueve, hay humedad en el ambiente como para seguir caminando. Supongo que no tengo de otra. Al guardar el documento, me cae al suelo el dibujo del día anterior con la estampa de colores. ¡Claro, el gusano de metal!

Deshago el camino que hice la mañana anterior y logro hallar de nuevo la casa del embarcadero del bicho. Entro en ella y busco esa extraña fuente de las estampas.

A su lado están los tapices de las rutas. Frunzo la nariz e inclino la cabeza hacía la izquierda, luego hacía la derecha. Tuerzo el morro bajo el cubrebocas...

Encuentro la ruta amarilla de Godella, busco Benimàmet, por suerte existe en ese galimatías, pero tiene una ruta de color magenta. Pero no encuentro el lugar donde se unen. Solo una forma extraña con puntos. ¿Qué significará eso? Abajo, a la izquierda del tapiz, hay una serie de inscripciones; una de ellas se parece a la que cubren las líneas: « Estación de transbordo» ¡Abordar! ¿Como los piratas? 

Oigo una voz masculina a mis espaldas. Me giro sobre mí y encuentro a un joven delgado vestido con una camisa blanca. Me pregunta si necesito ayuda. ¡Gracias a Dios!

Le digo que no sé cómo llegar hasta la villa de Benimàmet. Me dice que es fácil, solo tengo que subir al primer tren que llegue por la vía con dirección a Villanueva de Castellón.

De acuerdo, eso ya lo había supuesto. Pero me dice que preste bien atención, señalando el tapiz me indica que tengo que bajar en la estación de Empalme. ¡Ah, los embarcaderos del gusano, se llaman estación! Y allí debo coger otro tren con dirección a Paterna, que es la ruta magenta. Entonces me explica que esas formas extrañas sobre las líneas de las rutas indican que son embarcaderos que permiten, sin salir del lugar, subir de uno a otro gusano o como él llama tren.

También me advierte que tengo que comprar una estampa de zona A, pues es otra zona distinta a la que me encuentro y los guardias del gusano de metal pueden multarme si ven que no llevo la estampa correcta. Le digo que ayer compre una de AB. Que ahora compro la de A.

Niega con la cabeza. Dice que no hace falta, que le deje la estampa de ayer, y la mete por una ranura de la fuente de estampas. Toca el cristal brillante con letras y salen las mismas inscripciones de ayer. Presto atención cómo selecciona la zona y me indica que deposite el dinero en la alcancía.

Rebusco en la faldriquera que cuelga de mi cintura y extraigo las monedas, en esta ocasión dos monedas con un 1 grabado, una lleva la cara de un señor, la otra un instrumento musical. Las introduzco por el agujero y oigo un sonido metálico. El joven me indica que recoja las vueltas. Meto los dedos en el cuenco y recojo una moneda de 50 brillante como el oro. Tendré para un café de fuente, me animo al pensarlo.

La fuente de las estampas del gusano resuena como ayer y el chico me dice que ya tengo el billete. Que no lo tire pues así con el mismo puede servir para varios viajes. Porque se puede «recargar» y ahorro algo de dinero. 

Me alegro, hice bien en no deshacerme de él ayer. Le doy las gracias y salgo al muelle a esperar a que llegue la bestia de metal.

El llamado tren no tarda mucho en llegar, entro en sus entrañas y tomo asiento. Miro a la derecha dos personas, con guantes y cubrebocas. Miro a la izquierda no hay nadie. ¿Será el miedo de la epidemia y la gente sale poco de casa? ¿O es que temen viajar dentro de esa bestia?

Han pasado ya un par de embarcaderos o estaciones, como las había llamado el chico, cuando el gusano metálico se detiene en la llamada de Empalme. Salgo de las entrañas de la bestia y me quedo en el embarcadero. Recuerdo las palabras del muchacho y busco en los rótulos de metal, que cuelgan de una techumbre, el color magenta de la ruta de Paterna. No tengo que cruzar al embarcadero de enfrente. Me sirve la misma donde he descendido.

Un rayo de sol débil se cuela entre las nubes de algodón sucio, levanto la mirada, el céfiro parece que pronto se deshará de ellas para traer un límpido azul brillante.

Camino por el embarcadero y veo, no muy lejos de allí, un hermoso pero pequeño palacio medio derruido y abandonado. Me quedo observándolo detenidamente, tengo curiosidad por saber quién vivió en aquel lugar. Se encuentra rodeado de altos edificios feos como arcas cuadradas llenas de vidrios. ¿Por qué la gente prefiere vivir en esas construcciones insulsas?

Noto que se levanta de repente una brisa fuerte, giro sobre mí y veo aproximarse una luz brillante. El gusano de metal está llegando. Ahora, con tranquilidad, me dirijo a él, ya no le temo, pero me da respeto. Sobre su frente tiene un rótulo dónde leo el nombre de la villa de Paterna. ¿Acaso será que diversas villas tienen sus propios gusanos de metal?

Se detiene ante mí el llamado tren y me introduzco en su interior. Dentro también hay pequeños tapices adheridos en las paredes, donde aparecen pintadas las rutas. Encuentro mi ruta magenta: Beniferri, Canterería y finalmente Benimàmet.

Tomo asiento y observo por el vidrio. Sólo falta una estación más cuando de repente todo se hace oscuro. ¡el gusano se ha adentrado bajo tierra! El terror inunda mis sentidos. ¿Qué ha pasado?

Unos segundos después la bestia se detiene y se abren sus entrañas para mostrarme que me encuentro en una caverna. Salgo al exterior. Es un embarcadero, en las negras extrañas paredes leo rótulos con el nombre de la villa de Benimàmet. Ya he llegado. ¿Pero por qué está bajo tierra?

Veo a una chica que camina apresuradamente, es joven, lleva una gran bolsa colgando en un hombro. Se aproxima a unas escaleras, la sigo y en cuanto pongo los pies en los peldaños estos empiezan a moverse. Las escaleras se mueven por obra de brujería y me están elevando hacia una techumbre de vidrios que ahora son verdes, ahora son rosas, y en momento se ven azules y rojos.

Encuentro una barrera como unas almenas de metal separadas por unos cristales, la joven saca su estampa de un bolsillo de su bolsa y con ella toca un círculo sobre una de esas almenas que hacen desaparecer las barreras de cristal, permitiéndole el paso.

Hago lo mismo y salgo a un pasillo ancho cubierto de esos cristales que cambian de color a cada paso que doy. Sin duda alguna obra de algún artesano de vidrieras catedralicias.

Encuentro una anchísima calle en cuyo centro hay un jardín. A mi izquierda hay edificios en forma de arcas de varios colores, pero no tan altos como los que visto antes. A la derecha una pequeña casa con un torreón, rodeado con una verja y un enorme pino.

Cerca encuentro un banco donde me siento y saco el plano para orientarme en busca de la cruz, ni idea de dónde puede estar.

Ante mí pasa un anciano con un bastón, en la otra mano lleva un cordón en cuyo extremo está atado al cuello de un cachorro de perro.

Le hago detenerse y le pregunto dónde queda la cruz de término del pueblo. Le extraña que ande buscando una cruz, estando en días aciagos de epidemias. Le digo que es una promesa que hice. Se encoge de hombros y me señala la calle que tengo delante de mí: Felipe Valls, todo recto hasta que encuentre el mercado municipal. Una vez allí, a la derecha, la calle carniceros hasta el final: se abre una plaza donde encontraré el crucifijo.

Masculla algo que apenas entiendo entre dientes, y algo de una corona. Me dirijo hacía esa calle. Es muy larga. Me acomodo el saco sobre mi hombro y echo a caminar.

Finalmente llego a la plaza, en su centro se encuentra la cruz. Está rodeada por unos pequeños postes de hierro y cadenas.


Ilustración Isabel Balensiya

Me siento en el suelo, cruzo las piernas y sobre el muslo derecho apoyo el pliego de papel mientras trazo el dibujo, junto a él, escribo lo siguiente:

Se levanta sobre un alto zócalo de piedra y, sobre él, una columna de fuste poligonal que remata un capitel tronco piramidal con decoración vegetal que parece un cimacio musulmán; sobre él, con orgullo, se alza la cruz sin decoración que abre sus brazos trilobulados, muy simple, pero a vez elegante.

Extiendo el mapa de mi ruta sobre mis piernas y veo que la siguiente se encuentra en un lugar llamado Cortes Valencianas, en el territorio de la pedanía de Beniferri. Es solamente un corto paseo desde Benimàmet, pues las poblaciones se encuentran bajo la administración territorial de Poblados del Oeste. 

Alzo la mirada al cielo y sol, aunque débil me acaricia el rostro medio oculto por el cubrebocas, poco a poco nuestra misión se va cumpliendo.



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COMENTARIOS DE LOS AMIGOS DEL GRUPO CLUB DE HISTORIA DE PUÇOL
4 de abril 2020. Capitulo: Benimàmet.

Enriqueta: Isabel,Gracias de nuevo por tu aportación de hoy del misterioso peregrino.Muy amena,como siempre.Los sábados también se desplaza?

Manoli: Isabel gracias!!

Pilar Alberti: Muchas Gracias Isabel.